
El motor que mueve al mundo es el egoísmo, si no fuera por el egoísmo no estaríamos aquí y en este momento. Cualquier elección que hace una persona es para buscar una mejora, si elige beneficiarse directamente con, por ejemplo, el trozo mayor del pastel está buscando sentirse más saciado y degustar más tarta, pero si elige beneficiar a otro con ese trozo mayor lo hará porque así se encuentra mejor, aunque sea por una cuestión de conciencia o bienestar de espíritu. Al final todo depende de esa lucha interna y continua entre el cuerpo y el alma que se establece en cualquier ser humano, la única diferencia entre las dos posibilidades de elección tiene como trasfondo el balance entre el bienestar físico-terrenal y el ético-espiritual.
Ya he dicho en alguna ocasión que el ser
humano es malo por naturaleza, en este caso tal vez debiera decir que es “impaciente por
naturaleza” (la impaciencia también es una maldad) pues es verdad que resulta de una mayor inmediatez el beneficio de tomar el mayor trozo de
pastel que el beneficio de cederlo, porque esta acción de más altas miras seguramente
será recompensada mucho más tarde aunque mejor.
Las situaciones límite, como la que se
plantea en esta historia nos ponen en el borde del abismo, ese desagradable
lugar donde a veces brota lo mejor y otras lo peor del ser humano.
Evidentemente no os voy a decir lo que brota ni tampoco de qué sabor es el
pastel, pero reconozco que está bastante rico aunque a mí no me guste...
Por cierto, debéis entender que en el ciber-mundo
las ironías, como en la radio, no se entienden. Yo mismo cometo muchas veces el
error de practicarlas en el Facebook o en el Whatsapp y os aseguro que he
tenido serios malentendidos por ese motivo, o éstas van acompañadas de una
visual directa entre dos seres humanos o no suelen ser bien interpretadas.
Tened siempre cuidado cuando habléis delante de un robot.
Me encanta la ciencia ficción, y me parece
una buena película, aunque con algún que otro perdonable error. Está claro que el
mundo del cine no se acaba de aprender la Teoría de la Relatividad del tío Alberto.
Jennifer Lawrence está muy bien, y Chris
Pratt también, Lawrence Fishburne incombustible. Lo de Andy García sinceramente
es de coña total. Buenos efectos especiales y, aunque estamos en la era digital
es de sabios reconocer que la estética de la película está muy cuidada. En
cualquier caso prefiero quedarme con el evocador recuerdo que el tempo, el
montaje y la trama me ha traído sobre una grande del género: Naves Misteriosas (1972) de Douglas
Trumbull.
Mi recomendación:
Si te gusta la ciencia ficción, no te la
puedes perder. Si por el contrario no eres de ciencia ficción debes ir también
a verla, en el fondo es una película sobre el ser humano.
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