La
sintaxis y la semántica crean el discurso y le dan forma a la idea mejorando o
empeorando su transmisibilidad. La combinatoria sintagmática y la correcta
selección de los signos lingüísticos pueden hacer que seamos más capaces de
hacernos entender y de contar una idea. Tal y como me estoy expresando es muy
posible que para algunos, la idea que trato de transmitir no se entienda con
facilidad, o que probablemente no esté consiguiendo transmitir lo que pretendo.
Si alguien cuenta un chiste puede tener mucha gracia o muy poca. Algunas personas lo cuentan de cierta manera que nos provoca la carcajada inmediata, mientras que otras no lo consiguen, a pesar de contar la misma historia o intentar transmitir la misma idea.
En el cine ocurre exactamente lo mismo. El cine, como cualquier arte, tiene un canal de comunicación provisto de unos mecanismos para transmitir ideas, para contar historias. El lenguaje cinematográfico también tiene sus reglas, sus maneras de combinar sintagmas, su semántica, y esto añade valor. Las imágenes y su cadencia tienen significado, y su combinatoria lo potencia o lo empeora.
La fotografía, con todos sus matices: la composición, el encuadre, el color, el
foco... El montaje y su capacidad para mostrar rumbo, sobre todo, son capaces
de disolver la píldora de Fondo que queremos transmitir, en definitiva, de
mejorar la siembra de una idea en el espectador.
No
sólo la Forma incide en la calidad de una película, también el Fondo, en
definitiva lo que realmente queremos transmitir. Pero una película sin Fondo no
suele ser bien valorada así como una sin Forma no se suele entender y en
definitiva es como si no tuviera Fondo.
Esta
película, con un Fondo ya muy tratado y simplón, realmente no aporta nada nuevo
al concepto de “el hombre que juega a ser Dios”, ya tratado en el cine desde
que éste se inventó: Frankenstein (1910) de
Andres Tung o Vida sin alma (1915) de
Joseph Smiley, previas a la archiconocida Dr. Frankenstein (1931) de James Whale. Por este motivo me ceñiré
exclusivamente a la Forma, y en este sentido debo decir que Bayona se “expresa”
mucho mejor que como lo hizo Colin Trevorrow en su anterior película sobre el mismo
asunto, Jurassic World (2015), sin
que ninguno de ellos le lleguen a la parte baja de la pantorrilla al maestro
Spielberg.
Para
muestra de todo lo que he tratado de transmitir en este texto os recomiendo un
par de películas, que muchos de vosotros, sin duda, ya habréis visionado. Dos
películas con escaso Fondo pero con mucha, muchísima Forma, dos joyas del cine
de terror, dos delicatesen de maestros de la cocina del celuloide: Los pájaros (1963) Alfred Hitchcock y Tiburón (1975) Steven Spielberg. Os
recomiendo que a pesar de haberlas visto las volváis a visionar, pero no os
fijéis en lo que cuentan, analizad mejor cómo lo cuentan.
De
la película que tratamos hoy, en definitiva no hay mucho que destacar. Cómo no,
la infografía a un nivel excepcional, un puñado de buenas tomas, un buen
montaje, pero nada que vaya a hacer pasar a la historia a esta película, aunque
sea una película entretenida y bien resuelta.
Mi
recomendación: Si te gustan los dinosaurios, aquí tienes lo más parecido y
realista a lo que debieron ser aquellos Saurisquios y Ornitisquios. Si eres
incapaz de distinguir un Saurisquio de un Ornitisquio, por lo menos te podrás
tomar unas palomitas pasando un rato entretenido en el cine.

